El Candor ocupa una sola página. Pero que no nos engañe porque en una única página se desarrollan muchísimos elementos clave de la formación de un pianista. No porque sea una obra muy difícil, sino porque Burgmüller consigue meter ahí más cosas de las que parece: acordes, desplazamientos, ligaduras, reguladores, repeticiones y algún pasaje que, cuando intentamos tocarlo con cierta soltura, deja de resultar tan inocente como prometía el título.
Yo no lo utilizaría al comienzo de nuestra andadura como pianistas. Lo introduciría cuando el ya hemos pasado por algún método de iniciación en los que las manos han explorado de forma básica el teclado. Las posiciones fijas son útiles —dan seguridad y permiten concentrarse en otras cosas—, pero tienen un pequeño efecto secundario que he observado muchas veces: cuando llega el momento de mover la mano, el alumno siente que pierde su referencia espacial y se atasca.
Y creo que ahí está uno de los grandes valores de este estudio. No nos obliga todavía a recorrer medio piano de un salto, pero empieza a sacarnos de ese espacio tan delimitado.
La estructura resulta bastante clara: dos grandes frases, sus repeticiones y una pequeña coda que cierra la obra. Podemos analizarla con mucha más profundidad —y hay ediciones que lo hacen—, pero para empezar me parece más importante que el alumno perciba que la música tiene dirección. En un lenguaje un poco más «mundano» podríamos decir que hay un punto de partida, una llegada, una respuesta y, finalmente, una despedida.
Las repeticiones también merecen atención. En la práctica se omiten muchas veces y se pasa directamente a la sección siguiente. Lo entiendo: queremos continuar y la pieza es breve. Pero aprender a reconocer los signos de repetición y las casillas de primera y segunda vez forma parte de la lectura musical. No están ahí para decorar la página.
Además, repetir una sección puede tener cierto sentido pedagógico. La primera vez estamos bastante ocupados intentando recordar las notas, la digitación y el lugar donde se encuentra cada mano. En la segunda ya podemos escuchar algo más: si el sonido es realmente dolce, si el crescendo tiene dirección o si las dos manos guardan el equilibrio que buscamos.
La partitura contiene muchas indicaciones dinámicas y de fraseo para una obra tan corta. Comienza en piano y con carácter dulce, aparecen crescendos, diminuendos, un sforzando y un final en pianísimo. Todo eso convierte el estudio en algo más que un ejercicio para mover los dedos. Hay un detalle que me interesa especialmente: esas ligaduras que agrupan las corcheas de cuatro en cuatro. Intento apoyar la primera nota —apoyar, no acentuar— y dibujar con la mano y el brazo una especie de movimiento circular. El gesto cae al comienzo y va saliendo poco a poco, hasta que en la cuarta nota la mano casi se eleva. Esa salida ya está preparando la caída del grupo siguiente.
La verdad es que me recuerda un poco al movimiento del arco en los instrumentos de cuerda: cada gesto tiene su propia dirección y la música no se detiene cada cuatro notas. Si convertimos la primera nota de cada grupo en un acento, el resultado puede ser pesado y previsible. Si, por el contrario, tocamos las cuatro corcheas sin ninguna dirección, todo queda bastante plano.
Este movimiento se puede practicar muy despacio, incluso exagerándolo un poco al principio para percibir la sensación de relajación. Después habrá que hacer progresivamente el gesto más pequeño y natural.
Para que estas ideas se entiendan mejor, te enseño tres fragmentos anotados a partir de la Wiener Urtext que utilizo como referencia. Las indicaciones en color resumen visualmente algunos de los aspectos que comento a lo largo del texto.

La dificultad espacial se hace más evidente en la segunda parte. El crescendo que termina en el sforzando del compás 14 coincide con uno de los momentos en los que la mano derecha cambia más su «referencia espacial». A mi juicio, el problema no está tanto en reconocer las notas como en saber dónde se encuentra la mano mientras avanza.
Es fácil que el crescendo provoque justo lo que menos necesitamos: más tensión cuando la mano debería moverse con mayor libertad. Por eso prefiero estudiar esa llegada por fragmentos pequeños. Primero localizo las posiciones, después enlazo los grupos y solo entonces recupero el crecimiento de intensidad. La dinámica no debería tapar la dificultad espacial, sino construirse sobre un recorrido que ya empezamos a conocer.
Por otro lado, la mano derecha parece tener todo el trabajo interesante mientras la izquierda se limita a tocar algunos acordes. Pero esos acordes pueden dar bastante guerra. Conseguir que todas las notas suenen simultáneamente, sin rigidez y con un sonido equilibrado no siempre resulta fácil.
Para empezar a familiarizarnos con las sensaciones de tensión y relajación, suelo comenzar con un ejercicio de caída libre del brazo sobre la propia pierna o sobre el teclado (haciendo por ejemplo un clúster). Es una buena forma de reconocer la gravedad y cómo podemos aprovechar este concepto para abandonar parte del esfuerzo innecesario.
Después preparo el acorde dejando los dedos en contacto con las teclas. Desde ahí puedo mover o elevar la muñeca, el antebrazo e incluso el brazo sin perder ese contacto. Al permitir que el brazo vuelva a caer, el acorde puede producirse como resultado de un gesto coordinado, en lugar de aparecer por el esfuerzo aislado de cada dedo.

Ahora bien, aquí surge una dificultad bastante curiosa: una sensación excesivamente relajada puede terminar provocando imprecisión. Los dedos necesitan conservar cierta organización para que las notas lleguen juntas. Relajación no significa ausencia absoluta de actividad, y encontrar ese punto intermedio lleva tiempo. Hay que probar, escuchar y ajustar. No todas las manos responden igual y tampoco creo que exista una única sensación válida para todo el mundo.
La edición Wiener Urtext que utilizo indica Allegro moderato, con la negra a 152. Es un tempo exigente, sobre todo si queremos mantener el gesto de las ligaduras, desplazarnos con seguridad y tocar los acordes sin tensión.
No veo ningún problema en bajarlo. La indicación nos habla del carácter y de un posible punto de llegada, pero no tiene por qué convertirse desde el primer día en una prueba que hay que superar. Prefiero un tempo más lento con dirección, buen sonido y libertad que alcanzar la cifra a costa de endurecer la mano.
Con el pedal ocurre algo parecido. Para esta etapa optaría por una solución pedagógica relativamente sencilla, siguiendo los cambios armónicos y evitando que el sonido se emborrone. Pero tampoco lo plantearía como una verdad absoluta. El pedal depende del piano, de la acústica, del alumno y del resultado que estemos escuchando.
Yo mismo puedo cambiarlo cuando toco en otro instrumento y en otra sala. A veces un pedal funciona perfectamente en un piano y resulta excesivo en otro. Es importante aprender a escuchar.

Tampoco intentaría estudiar la página completa de principio a fin en todas las sesiones. Un día puedo leer solamente la mano derecha hasta la primera repetición. Otro puedo detenerme en los acordes de la izquierda. También puedo trabajar únicamente la llegada al sforzando o dedicar unos minutos a recorrer el teclado sin preocuparme todavía por el tempo.
La paciencia, en este caso, no consiste en repetir lo mismo muchas veces esperando que algún día salga. Consiste en observar qué dificultad tenemos delante y buscar una forma concreta de entenderla. A veces será una digitación, otras una referencia visual y otras, simplemente, una sensación de movimiento.
Como veis, parece poca cosa. Pero, bien mirado, no está nada mal para una página.
Nos vemos entre partituras.
Fuentes consultadas
- Friedrich Burgmüller, 25 Études faciles et progressives, op. 100. Primera publicación en París en 1851. Partituras históricas y ediciones disponibles en IMSLP.
- Friedrich Burgmüller, 25 Etüden op. 100, edición de Naoyuki Taneda. Wiener Urtext Edition UT 50130, 1990.
- Cristina Molina y Emilio Molina, Burgmüller: 25 estudios fáciles para piano, op. 100. Análisis y metodología de trabajo. Enclave Creativa, 2006.
- Graham Fitch, “Annotated Study Edition for Burgmüller’s La candeur”, Practising the Piano.


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